Lorena Burriel

Entrar no es lo mismo que participar

Una entrada accesible puede resolver un problema mientras el resto de la experiencia sigue dejando a algunas personas al margen.

Varias personas cruzan la gran sala de un museo; una de ellas utiliza silla de ruedas.

Muchas conversaciones sobre accesibilidad empiezan con una pregunta lógica: ¿puede entrar esa persona?

Claro que importa. El problema es que, demasiadas veces, la conversación termina ahí.

Una persona puede acceder a un recinto y aun así tener que sentarse lejos de quienes la acompañan. Puede inscribirse en un congreso y descubrir que el escenario tiene escalones, que el encuentro informal gira alrededor de mesas altas y que el plano de la sala le reserva un único lugar. Una habitación de hotel accesible puede estar en un edificio cuyo comedor, terraza o entrada principal no puede utilizar sin ayuda.

Le permitieron entrar, pero el resto de la experiencia la dejó al margen.

¿Y después qué?

Cuando alguien puede entrar, quiero saber qué ocurre a continuación. ¿Puede elegir dónde sentarse? ¿Moverse sin esperar ayuda? ¿Sumarse a una conversación sin quedarse en un extremo? ¿Cambiar de idea a mitad del día?

Esos detalles muestran si alguien está presente sobre el papel o participa de verdad.

También cambian la forma de trabajar. La accesibilidad ya no puede quedarse en una casilla al final del proyecto. Tiene que formar parte de la experiencia desde el principio.

Una rampa puede ayudarte a cruzar una puerta. No garantiza que puedas participar.

La participación está en los detalles

La mayoría de las exclusiones son menos llamativas de lo que imaginamos. Suelen nacer de una decisión corriente tomada con una idea demasiado estrecha de las personas que estarán allí.

Un mostrador de altura fija parece un detalle menor hasta que todas las conversaciones suceden por encima de tu cabeza. Dos escalones para subir a un escenario parecen inofensivos hasta que hay que alzar a una ponente. Un formulario de entradas incompatible con tecnología de apoyo puede excluir a alguien antes de que salga de casa.

Ningún detalle cuenta toda la historia. Juntos deciden quién puede moverse con libertad y quién pasa el día pidiendo excepciones.

Dejemos de tratar a las personas como una sorpresa

El apoyo individual siempre será necesario. Cada persona tiene necesidades distintas y ningún diseño eliminará todas las peticiones. Pero el apoyo no puede cargar con todo el peso de la inclusión.

Si cada participante con discapacidad tiene que explicar la misma barrera, esperar una llave o depender de que alguien improvise, el diseño ya le ha dicho que no contaban con ella.

Me interesa menos hacer más eficiente esa ayuda que eliminar los motivos evitables que la hicieron necesaria.

Cruzar la puerta debería ser el principio de la experiencia, no su mayor logro.