Lorena Burriel

La representación cambia lo que creemos posible

Las personas con discapacidad necesitan espacio para ser corrientes, complejas e influyentes. Los papeles habituales de tragedia o inspiración se quedan muy pequeños.

Ver a personas con discapacidad en la vida pública importa. Lo que me incomoda es que, demasiadas veces, su papel ya viene escrito.

Hay dos personajes que aparecen una y otra vez. Uno es trágico y queda definido por sus limitaciones. El otro convierte un día cualquiera en una lección inspiradora para quienes miran.

Ninguno deja mucho espacio para que una persona sea divertida, difícil, ambiciosa, brillante, esté cansada o se equivoque.

La visibilidad sin ese margen es una forma muy limitada de avanzar.

Dejemos que las personas sean complejas

Las personas con discapacidad son madres, padres, compañeras, clientes y líderes. Viajan, cambian de opinión, se equivocan y saben cosas que otras personas desconocen. Ese abanico no debería parecer radical.

También importa quién recibe la invitación para hablar.

Si una persona con discapacidad solo participa en una mesa cuando el tema es la discapacidad, el mensaje resulta evidente. Su experiencia ha quedado encerrada en una categoría especializada, lejos de las conversaciones sobre cultura, empresa o vida pública.

Hay que hablar de discapacidad de forma directa. Y también hay que confiar en que las personas con discapacidad tienen algo que aportar cuando el tema es otro.

Las expectativas se convierten en decisiones

Las personas que acostumbramos a ver al mando influyen en quién imagina una organización cuando planifica.

Cuando faltan personas con discapacidad en los equipos directivos y de diseño, resulta más fácil olvidarlas. Cuando solo aparecen como receptoras de ayuda, cuesta más imaginarlas con autoridad, criterio, dinero o influencia.

Eso tiene consecuencias prácticas. Las expectativas influyen en quién consigue un empleo, asciende, es escuchado o vuelve a recibir una invitación.

¿Quién controla el relato?

Salir en la imagen no equivale a decidir qué cuenta esa imagen.

Muchas historias sobre discapacidad siguen en manos de personas sin esa experiencia. Ellas eligen el tono y deciden qué detalles verá el público. Las buenas intenciones no garantizan que esas decisiones sean acertadas.

«Nada sobre nosotras sin nosotras» también sirve como criterio editorial. Las personas con discapacidad deben participar en la construcción de su propia historia, incluidas las partes que se resisten a quedar ordenadas o a resultar inspiradoras.